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17 de enero de 2010

Las hadas


EL mundo mágico

Los seres feéricos de la cultura celta despiertan una gran adhesión. A veces inconsciente, pues en ellos se ba­san historias de superhéroes de comics, sagas de terror o aventuras en el cine, o se llama "cuento de hadas" a una historia de amor contemporánea, sin saber que ru­dos cortadores de cabezas concibieron las bases de esa fascinación.
También, como los ciclos épicos, estas leyendas su­fren grandes variantes entre las distintas tribus o na­ciones. Además, no se puede dejar de lado la influencia que tuvo el cristianismo en la pérdida de muchas creen­cias, que hoy sólo podemos rastrear a través del folklo­re local.
Hubo un momento en la historia en que lo "mítico" pasó a transformarse en "mágico". Como se dijo, los Daoine Sidhe no eran otra cosa que los primitivos habi­tantes míticos de Irlanda que, una vez derrotados, se fueron a vivir bajo las colinas, pasando así a la catego­ría de hadas. De esta manera, la misma cultura que creó los ciclos épicos más complejos de Europa creó a continuación un mundo feérico sumamente rico, con el que han convivido diariamente no sólo los campesinos sino intelectuales de la talla de O.Wilde, W. B.Yeats, W. Blake, entre otros. Para todos ellos, el mundo feérico constituye una especie de universo paralelo donde la vi­da es más feliz.

Las hadas
También reciben el nombre de "Buena gente" o "Bue­nos vecinos", porque hay una creencia que sostiene que es malo llamarlas por su nombre. Se dice que hay que dejar un tazón de agua clara y limpia en lugares que se supone frecuentan las hadas con sus pequeños. El hecho de que haya agua sucia o cubos vacíos se castiga con un pellizco.
La alegría es una de las cosas que más aprecian las hadas. Las personas alegres tienen muchas más posibi­lidades de obtener su ayuda. Nada detestan tanto como el refunfuño y las quejas.
Como espíritus de la naturaleza, nada les agrada más profundamente que los enamorados y castigan a "las doncellas que son avaras con sus favores".
Las hadas castigan con todo su poder, sobre todo, cualquier intento de violación a su intimidad. Las per­sonas que espían sus fiestas son castigadas con sorpre­sivos pellizcos. Los que se jactan de haber recibido su ayuda son castigados con enfermedades. Y los que ro­ban sus tesoros arriesgan su vida.
La falta de generosidad, la rudeza y el egoísmo de­sagradan sobremanera a las hadas; así también los in­dividuos de ánimo sombrío. Un rasgo notable de su ca­rácter es su afición por el orden y la limpieza. Las ha­das esperan encontrar bien limpios los hogares que vi­sitan.
Cualquiera que desee ser apreciado por las hadas de­be ser generoso en sus tratos. Los buenos modales, el hablar correctamente y con cortesía, son rasgos suma­mente importantes cuando de aventuras con ellas se trata. Pero sin embargo, hay algunas hadas que no gus­tan de que les den las gracias. Eso sí, hay que respon­derles con suma cortesía.
Una de las ocupaciones más corrientes de las hadas son las cabalgatas. En realidad, todos los seres feéricos y hadas agrupadas realizan solemnes cabalgatas y pro­cesiones sobre caballos de diversos colores, ricamente adornados con campanillas.
Las danzas son su ejercicio favorito, hábito que se atribuye a todas ellas. Son expertas e infatigables al bailar. Se dice que muchas melodías de danzas de hadas han sido memorizadas por violinistas y gaiteros.

El cambio de forma es un poder innato del que gozan todas ellas, en mayor o menor grado, y que puede ser adquirido por los brujos. Pero las hadas pequeñas y sin poder no pueden tomar ninguna otra forma ni alterar su tamaño.
Las hadas pequeñas cocinan pasteles deliciosos que dan a sus benefactores. Toman prestada harina de ave­na y luego devuelven el doble, pero siempre la devolución es en harina de cebada, que parece ser su grano na­tural.
También roban la esencia nutritiva de la comida hu­mana y dejan una sustancia sin alimento. Su comida, por efecto del encantamiento, parece un manjar, pero en realidad está compuesta por hierbas, raíces, leche de ciervos rojos y de cabras y harina de cebada.
Tienen gran reputación para diversas cosas. Se las ve y se las oye trabajar por su cuenta. Y también enseñan cosas a los mortales. Hay quienes dicen que son un do­ble de la humanidad. Hay niños y ancianos entre ellas, y practican toda clase de negocios y oficios. Poseen gana­do, armas; crían perros; hacen hilados. Su habilidad pa­ra tejer e hilar es famosísima. Pero su don más grande es el talento musical.
El Fairy Stroke o Elf Stroke (golpe de hada) se cree que es un golpe que un hada da a su víctima, ya sea ani­mal o persona. Después se la lleva en forma invisible y deja en su lugar un tronco. A veces éste es un hada transformada y otras, un trozo de leña. En ambos casos, dejan ese objeto para que se lo tome como el cadáver de la víctima.
Desde siempre han existido historias de mortales transportados al "País de las Hadas", o que han sido re­tenidos allí si se habían atrevido a acercarse mucho a una colina habitada por ellas. Siendo inducidos a pro­bar la Comida de las Hadas, pueden participar de la naturaleza feérica.
Las hadas siempre tienen un deseo intenso de poseer niños humanos. El método normal es robarlo de la cuna.
Las hadas roban bebés y dejan un substituto, a veces, como se dijo, un tronco, que por efecto del encanto parece un niño. En la mayo­ría de los casos, dejan un niño feérico que no se desarro­lla bien y se llevan un bebé humano. Los pequeños, ali­mentados y cuidados por hadas desde su infancia, pro­bablemente sean aceptados como un hada más.
Hay quienes dicen que cada once años las hadas de­ben pagar un tributo al infierno, para lo cual prefieren sacrificar a un humano. También seducen a jóvenes pa­ra llevarlos a sus palacios y convertirlos en esclavos. És­tos son muy valorados cuando prestan ayuda en sus lu­chas, pero en este caso se trata de un préstamo tempo­rario, que es siempre bien recompensado.
Los jóvenes bien dotados para la música siempre son atraídos hacia el País de las Hadas. Ellas también de­sean a los jóvenes especialmente apuestos para tenerlos como amantes.
Sin embargo, las mujeres corren mucho más riesgo de ser capturadas que los hombres. Sobre todo las ma­dres lactantes, para amamantar a los bebés de las ha­das, cuya leche parece ser de menor calidad. La captu­ra de jóvenes, para convertirlas en esposas de reyes o príncipes feéricos, es tan común como la de madres.
Ellas gustan mucho del pelo dorado en los mortales. Un niño rubio tiene más posibilidades de ser raptado que uno moreno.
Thomas the Rhymer es el único habitante de origen mortal del País de las Hadas que se presenta como con­sejero de ellas y no siente añoranzas de la Tierra del Medio.
Robert Kirk, escritor del siglo XIX, fue una de las personas que dijo haber sido transportado a una colina de las hadas. Se cree que estuvo prisionero, obviamen­te contra su voluntad, y que la causa de ello fue el ha­ber revelado algunos de sus secretos.
En síntesis, la captura de mortales se atribuye a: de­seos amorosos, adquisición de esclavos, de talento mu­sical o leche humana. Pero el deseo principal es, tal vez, la necesidad de inyectar sangre nueva y vigor humano a su linaje.
Se atribuyen a las hadas ciertos castigos, producto de su enojo con los mortales. Cualquier cosa que disloque o deforme el cuerpo puede suponerse obra de las hadas, así como heridas causadas de forma invisible, aunque dolorosa. Calambres o magulladuras, y sobre todo pe­llizcos, son a menudo producto del enojo de las hadas. Yeats afirmaba conocer a un anciano que era atormen­tado por las hadas, que lo sacaban de la cama y lo gol­peaban.
Las enfermedades debilitantes pueden también atri­buirse a ellas. A veces, el debilitamiento se debe a una única experiencia amatoria con un ser feérico, que deja tras de sí deseos insatisfechos en el mortal.
Las enfermedades de la piel pueden ser atribuidas a las hadas y también son responsables de las plagas de piojos. La parálisis infantil no es vista como una enfer­medad, sino como prueba de que un niño ha sido cam­biado por las hadas.
Pero su habito más común es el de hacer extraviar a las personas, aunque muestran también una bondad constante para algunos de sus favoritos, generalmente por las buenas maneras y la discreción que evidencian hacia ellas. Devuelven actos de bondad con un solo acto de reciprocidad o con buena fortuna permanente.
Es muy raro que las hadas vuelen con alas. General­mente vuelan por los aires sobre tallos, ramitas, mano­jos de hierbas, que usan como las brujas usan sus esco­bas. Lo más frecuente es que leviten, utilizando una contraseña que hace elevar objetos y personas. Las his­torias de levitación feérica más corrientes son aquellas en que el invitado al vuelo va, con sus anfitriones ha­das, de parranda a una bodega lejana, bebe demasiado y a la mañana siguiente se encuentra solo en la bodega, con una copa de oro en la mano y ninguna explicación convincente de su presencia en el lugar.

Feria de las hadas
Se cuenta que esta feria se celebra en verano, en la ladera de una colina. Al igual que los campesinos en sus ferias, en el mercado de las hadas se encuentra todo ti­po de mercancías. Hay puestos de frutas, de ropas, de zapatos, de adornos. En general, si un mortal se acerca a ese mercado inmediatamente todo se hace invisible, y el mortal recibe un castigo por violar la intimidad de las hadas.

Funerales
La mayoría de las personas no creerían en la muer­te de las hadas; suponen que son eternas. Pero las ha­das pueden llegar a decaer con los años, hasta desapa­recer con los siglos. Existen testimonios de personas que han visto funerales de hadas. William Blake, en Lives of eminent British Painters, refiere el funeral de un hada:

Una procesión de criaturas del color y el tamaño de los saltamontes, verdes y grises, que llevaban un cuerpo tendido en un pétalo de rosa, al que enterraron con can­tos y luego desaparecieron.

Funeral de un hada
También se dice que las hadas viven muchísimos años, pero se consumen y desaparecen. Y hay quien ha presenciado el funeral de una Reina de las Hadas y cuenta cómo seres pequeños enterraban a su reina cer­ca del altar de una iglesia. El cortejo llevaba mirtos flo­ridos en las manos y coronas de rosas pequeñas.

Distintos tipos de hadas
Existen varias clases de hadas, de ambos géneros, a saber:

Hadas Agrupadas: Hadas hogareñas que viven en pequeños grupos familiares. Pueden ser grandes o pe­queñas, amistosas o malvadas. Suelen llevar chaquetas verdes. Pueden incluirse todo tipo de hadas, hasta las llamadas Hadas Diminutas, las minúsculas hadas de la naturaleza que forman los anillos feéricos con sus dan­zas y celebran el crecimiento de las flores. Se encuen­tran algunas tan pequeñas que sus gorros son del tama­ño de una campanita de brezo. A este tipo de hadas se las llama Gente Menuda.
Tienen sus moradas bajo tierra, pero suben a las co­linas y a los lugares floridos para celebrar las fiestas en las noches de luna. Les gusta visitar casas humanas. Se las describe como extremadamente hermosas, celebran­do sus alegres danzas en el césped aterciopelado. Van vestidas con faldas y calzones de color verde brillante, chaquetas azul celeste, sombreros de tres picos los hombres y de pico las mujeres, todos llenos de lazos y campanitas de plata.
Estas buenas hadas muestran con frecuencia gran­des atenciones a quien toman afecto; distraen con sus alegres bromas a los ancianos postrados en cama y lle­nan el aire de un delicioso perfume de flores y de melo­días. Otro tipo de hadas agrupadas, oriundas de las Tie­rras Altas, visitan individualmente a los mortales como amantes.

Pero no todas las hadas agrupadas son benévolas. Las Gwyllion, oriundas de las montañas de Gales, son malvadas. Son espíritus horribles, femeninos, que asal­tan y extravían a los que viajan de noche, a los que transitan caminos de montañas. Si se saca un cuchillo delante de ellas, quedan vencidas: parecen ser sensibles al poder del hierro frío. Tienen la costumbre de visitar las casas de la gente cuando el tiempo es tormentoso. Los habitantes creen necesario recibirlas hospitalaria­mente por miedo al daño que pueden causar.


Fuente: Campos, Viviana

El mágico mundo de los celtas. –1°, ed. – Buenos Aires:
Grijalbo, 2003.


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