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28 de junio de 2008

La compasión

Compasión quiere decir básicamente aceptar los fallos y las debilidades de los demás, sin esperar que se comporten como si fuesen dio­ses. Sería una expectativa cruel, por­que no podrán comportarse como dio­ses, y no solo perderán tu estima sino que perderán también el respeto hacia sí mismos. Les has herido gravemente dañando su dignidad.
Uno de los principios de la com­pasión es dignificar a todo el mundo, hacer que todo el mundo se dé cuenta de que lo que te ha sucedido a ti puede sucederle a ellos; nadie es un caso per­dido, todo el mundo es digno de ello, la iluminación no es algo que debas merecer sino tu naturaleza misma.
Pero debes re­cordar que ser compasivo no te eleva más, si no, lo estarás echan­do todo a perder. Se convertirá en una pretensión del ego. Re­cuerda que el ser compasivo no puede humillar a la otra persona, de lo contrario, no estarás siendo compasivo; detrás de las pala­bras estarás disfrutando de su humillación.
Hay que comprender la compasión, porque es el amor madu­ro. El amor corriente es muy infantil; un divertido juego para adolescentes. Cuanto antes salgas de él, mejor, porque tu amor es una fuerza biológica ciega y no tiene nada que ver con tu creci­miento espiritual; por eso todas las historias de amor cambian de un modo extraño, se vuelven muy amargas. Algo que te resulta­ba tan atractivo, emocionante y provocador, algo por lo que po­días haber muerto... ahora también podrías morir, pero no por eso, ¡sino para librarte de ello!
Pero cuando la pasión está alerta y despierta, toda la energía del amor alcanza un gran refinamiento y se convierte en com­pasión. El amor siempre va dirigido a otra persona y su deseo más profundo es poseer a esa persona. Lo mismo ocurre en el lado contrario, y esto se convierte en un infierno para las dos personas.
La compasión no va dirigida a na­die. No es una relación sino simple­mente tu propio ser. Disfrutas siendo compasivo con los árboles, los pája­ros, los animales, los seres humanos, y con todo el mundo, incondicional
Ten cuidado de no estar a favor de nada que vaya contra la compasión. La envidia, la competencia o el esfuerzo por domi­nar... todas esas cosas van contra la compasión. Y te darás cuen­ta inmediatamente porque tu compasión empezará a tambalear­se. En cuanto sientas que tu compasión titubea, debes de estar haciendo algo que va contra ella. Puedes envenenar tu compa­sión con cosas estúpidas que solamente te provocan ansiedad, angustia, lucha y el desgaste absoluto de una vida enormemen­te valiosa.

Pero la compasión no es bondad y la bondad no es compasión. La bondad es una actitud que, guiada por el ego, fortalece tu ego. Cuando eres bondadoso con alguien sientes que tienes venta­ja. Cuando eres bondadoso con alguien hay oculto un profundo insulto; estás humillando al otro y te sientes feliz con su humi­llación. Por eso, la bondad no se puede perdonar nunca. De alguna forma y en algún lugar, la persona con la que has sido bondadoso estará enfadada conti­go y se tomará inevitablemente la re­vancha. Esto sucede porque en la su­perficie, la bondad surge como si fuese compasión, pero en el fondo no tiene nada que ver con la compasión. Tiene otros moti­vos ulteriores.
La compasión es inmotivada, no tiene ningún motivo en ab­soluto. Ocurre simplemente porque tienes, porque das, y no por­que el otro necesite nada. En la compasión no hay ninguna con­sideración hacia el otro. Tienes tanto que te desborda. La compasión es como la respiración, espontánea y natural. La bon­dad es una actitud que hay que cultivar. La bondad es una especie de artimaña, calculada y matemática.
Habrás oído uno de los dichos más importantes que está, de una forma u otra, en casi todas las escrituras del mundo:
«Compórtate con los demás como te gustaría que se comporta­sen contigo». Esto es una actitud calculada, pero no es compa­sión. No tiene nada que ver con la religiosidad, y es un tipo de mo­ralidad muy baja, una moralidad muy mundana. «Compórtate con los demás como te gustaría que se comportasen contigo.» Es una especie de transacción, pero no tiene nada de religioso. Lo es­tás haciendo sencillamente porque te gustaría recibir lo mismo a cambio. Es egoísta, egocéntrico e inte­resado. No estás al servicio del otro, no estás amando al otro, sino que, de una manera indirecta estás haciéndote un favor a ti mismo. Estás utilizando al otro. Es un egoísmo iluminado, pero es egoísmo; es un egoísmo muy inteli­gente, pero es egoísmo. La compasión es un florecimiento no calculado, es algo que emana. Das porque no pue­des hacerlo de otra manera.
Lo primero que hay que comprender es que la compasión no es la supuesta bondad. Contiene la parte esencial de la bondad: ser delicado, indulgente, tener empatía, no ser duro, ser creativo y ayudar. Pero por tu parte no hay ninguna acción, todo fluye a través de ti. Procede de la existencia y tú estás feliz y agradecido de que la existencia te haya escogido como vehículo. Te vuelves transparente y la bondad pasa a través de ti. Te vuelves tan trans­parente como el cristal y permites que el sol pase a través de ti, no lo obstruyes. Es bondad pura sin ego.
La compasión no es amor en el sentido habitual y, sin embargo, es amor en el verdadero sentido. La compasión solo da, no piensa en recibir nada a cambio, pero eso no significa que no reciba nada a cambio, no, no se te ocurra pensarlo ni por un ins­tante. Cuando das sin pensar en recibir nada a cambio recibes mil veces más, pero eso es algo que no tiene nada que ver contigo. Cuando quieres recibir demasiado, solo te decepcionas y no reci­bes nada. Al final solo consigues desilusionarte.

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